Ley 6/2004, de 21 de diciembre, para la aplicación al
municipio de Albacete del régimen de organización de los municipios
de gran población
Aprobada en Sesión Plenaria de 16 de diciembre de 2004
DOCLM núm. 247
(30/12/2004)
EXPOSICIÓN DE MOTIVOS
Éramos unos cuantos en la aldea, nos
apañábamos con lo puesto, teníamos un buen pastizal para los
animales, agua abundante, uvas y hortalizas, caza, leña, cereal en
el secano y el trigal de las estrellas para los sueños, el primero
de todos con mucho tiempo por delante porque la Historia va
despacio, y si entonces queríamos algo, seguramente sin sospechar
una infinita tardanza, era ser una gran ciudad, de forma que todo
sucedía con los pies en el suelo, por sus pasos contados. El poblado
ni siquiera tenía nombre. Vivíamos casi a la intemperie bajo las
faldas de Chinchilla –nunca mejor dicho- y un día llegaron los
beréberes, gente ruda, y se quedaron a cenar. Es una forma de contar
lo que pasó.
Y si echamos una ojeada desde el cerro de
Montearagón lo que se ve, hasta donde la vista alcanza, es una
pradera, y tal vez una pequeña fortaleza en el llano extendido como
la palma de la mano, así que para bautizar el territorio –olvidando
toda tentación litúrgica- en árabe por más señas, ponerle rótulo a
una calle inexistente fue sencillo: Al Basit, o sea, la llanura, y
no se hable más. Esa es la huella intelectual que dejamos, y unos
trozos de cerámica, un cantil descubierto, pasados los siglos, en un
lugar que sería teatral, de modo que, ni aposta, ya tenía eso que
llamamos la posteridad la representación en la calle Isaac Peral,
predestinada para el hallazgo. Y después de islámicos fuimos
cristianos, déjenme que lo cuente a salto de mata, y nuestra
voluntad de crecer se fue afianzando.
Pero es muy largo de relatar, y para ir
abreviando aquella época primitiva, pongámonos en el 1.100. Vendrán
tiempos de luchas, de conquistas, de adhesiones de tierras, zozobra,
conflictos tribales, aristocracia peleona, y cuando llega el siglo
XIV, un claro indicio de progresión, el respaldo real a un proyecto
de vida que excede los límites aldeanos, porque cuando es llegado
noviembre del 1375, Alfonso de Aragón nos concede el privilegio de
villazgo en un acto en Garcimuñoz, de la vecina de Cuenca. Se trata
de algo más que un título, porque avanzamos en la dirección de
nuestro sueño de ser ciudad, que todo se andará, porque hay que
esperar quién sabe si para estimular el gran secreto de nuestra
paciencia.
Fue así y de esta manera se desarrolló la
idea –entre y ceja y ceja- de los que nacieron aquí, vivieron,
amaron, enterraron a sus muertos, dejaron alguna huella, cosas de la
vida, alfarería doméstica, bronce, metales preciosos, sus ajuares,
sus adornos, sus rituales, sus vestidos, y por esos vestigios, que
son su documento de identidad, sabemos que su pueblo fue más grande,
y después vinieron otros y más de lo mismo, y es así como tuvimos
diferentes culturas hasta consolidar una tierra que llamamos de
encrucijada, por eso mismo, por todos los caminos entrecruzados que
después serían barrios, mezquitas, parroquias, cuarteles, conventos,
fortalezas y lo que hiciera falta, que así tendría Albacete la
ocasión crecer y multiplicarse, siglo a siglo hasta llegar a este
milenio que es una mayoría de edad.
Y vendrían otros, y lo que ahora es
electrónica como de ciencia recreativa –es mucho más serio y con una
proyección sutil- tendrá otra dimensión mientras que las
expectativas permitirán que muchos vean lo que se intuye de
inminente, que la ensoñación se satisface, como ocurrió en el pasado
a la hermosa gente que se asentó en la llanura. Desde luego no hemos
olvidado Acequión y otros poblados en ese entrono de nuestra
estirpe, también de extranjeros que hacían aquí camino –al andar-
porque todos estaban al raso, en una intemperie de aquí te espero,
que de este modo se forjó un pueblo bien nacido. ¿Dónde? No en
Villacerrada, como se cree, sino entre el Puente de Madera y el
depósito de agua del Sol, en la Cuesta. Es la teoría más sólida.
Y como ya tenemos dónde estar bajo techo y
donde morir, casi –siempre a causa del cólera- pronto seremos
cristianos y tendremos los primeros privilegios, reyes a quienes
servir, enemigos contra quien luchar, y llega un tal don Juan Manuel
a quien Dios tenga donde merece y la aldea tira p’alante, empezamos
a ser urbanitas, aunque no todos a causa de las etapas sombrías, que
los vecinos se van a por tabaco y ya no vuelven, mientras otros
bajan de Chinchilla a la llanura, más que nada por fastidiar.
Tenemos entonces un paisaje de señoríos, ocupaciones, saqueos y
señores opulentos. Hay sublevaciones y bandoleros, fijan los límites
locales y en le siglo XV ya somos dos mil. En el XVI nos parecemos a
la ciudad sencilla y labradora del tópico, y si cortamos árboles y
desaparecen bosques enteros eso será una señal de deterioro; ya se
encargarán los ecologistas del futuro de poner el grito en el cielo.
Los años van registrando sucesos inevitables, el término es mayor
pero guerras que no falten, construimos conventos, ermitas, templos
–muchísimos- y si falta agua, porque no tenemos un río a mano, nos
las arreglamos perforando pozos, y si hay una enorme charca
pestilente ya llegará el día de construir un canal, que lo ordena Su
Majestad Carlos IV y es palabra de rey. Viene Felipe II, no a
terminar la iglesia de San Juan, cada correo áulico que recibimos,
con cédulas y otros papeles, es para confirmarnos derechos , hasta
para fundar el convento de Los Llanos nos mandan licencia desde la
Corte, y en cuanto a las ferias francas y a la Feria con mayúscula
no digamos, porque se resuelve el pleito con los frailes de Los
Llanos y tampoco tienen suerte los jesuitas, a quienes expulsa
Carlos III.
Y en esto que vienen los franceses –
saltando sobre el tiempo- y la milicia urbana les planta cara. No
faltará un Año de Hambre, y si nos nace Mariano Roca de Tagores, el
Marqués de Molins, tan contentos. Y llega el instante de las
Regencias, y para que se configuré un Albacete administrativo nos
hacen capital de la provincia, la Audiencia en una etapa turbulenta
y hasta viene Espartero, con un par, ya saben, el del caballo. Y
también Isabel II, y con ella ¡ya somos ciudad! La patrona lleva un
manto suyo. Se fundan casinos, hay una fuente con agua de los Ojos
de San Jorge en la Plaza Mayor, peste la que haga falta, revolución
y la primera República, el Teatro Circo y alumbrado eléctrico. Ha
nacido el siglo XX.
De ahora en adelante, la vida social,
política, del comercio y la industria sufrirá una aceleración con
altibajos. La gran noticia será la traída del agua, que fluye por
los grifos caseros. Pronto tendremos alcantarillado, y un parque, y
en pocos años la primera caja de ahorros y el primer banco, un
centro experimental agrícola, y cuando concluya la I Guerra Mundial
vamos a vivir mejor. Nos hace falta una Casa del Pueblo y surgen
fábricas de casi todo, de harina especialmente. Abren la nueva plaza
de toros, escuelas, el teatro Cervantes, un instituto, el Círculo de
Bellas Artes y el aeródromo de Los Llanos, que es un espaldarazo a
nuestra vocación de volar, otro sueño. Y tenemos otra República y en
seguida la guerra civil, que abre un paréntesis desolador, deja un
Albacete hambriento en la llamada zona roja y ya es una cuestión de
supervivencia en un clima muy restrictivo, con episodios trágicos,
bombardeos, pero qué le va usted a decir a un pueblo que si algo
asumió fue una lucha permanente, también contra sí mismo, y para
defenderse del exterior y para conservar un trozo de tierra, algún
requisito imprescindible, sus aguas, sus cosechas, su territorio, lo
que tanto costaría por los siglos de los siglos.
La posguerra es una fase difícil, falta
casi todo –y esto no excluye derechos básicos-, es tiempo de
racionamiento, hay que reconstruir, a veces volver a empezar, se
mueven oligarquías decisorias, los indicios de industrialización no
culminarán hasta que se configure Campollano, la capital acepta el
escapismo del panem et circenses, que en el pasodoble se llamarán
pan y toros, y mira el No-Do, el esfuerzo es indudable, la sociedad
se mueve con dificultades pero la urbe se ensancha, busca nuevos
caminos, aprovecha con voluntad circunstancias que puedan favorecer
su desarrollo, levanta viviendas, barrios, corona canónicamente a su
Patrona, muy cerca emprende tareas de colonización, de nuevo grupos
importantes se van a la Europa fría, es la emigración con un
“equipaje de amor para la tierra”, ayuntamientos voluntaristas, los
cincuenta son sugerentes de posibilidades, pero menos, y en los
sesenta hay cambios insinuantes de progreso, el sistema productivo
es distinto, en una palabra, Dios aprieta pero no ahoga, aunque los
presupuestos son exiguos y la vida municipal abarca hasta donde
puede, sin que falten iniciativas privadas de empresarios que asumen
su responsabilidad en el comercio y en la industria. Así que vamos a
inaugurar un estadio, la estación de Renfe, un museo, cines, se
queda chica la torre Legorburo frente a un verticalismo agresivo que
propicia la aparición de edificios más altos, el urbanismo es
demoledor y se lleva por delante un Albacete más auténtico, bello y
discreto, del que la especulación, irrespetuosa, a veces en el
nombre del paro en el sector, no dejará ni un tapial en pie. ¿Nueva
York de la Mancha? Ni tanto ni tan calvo.
Y ya, casi ayer, a la vuelta de la
esquina, surgen instituciones democráticas, la vida es otro cantar,
en cuanto podemos nos constituimos en región. Los noventa, ya con
experiencia autonómica, son nuestros, el centro es una cosa –más
tráfico, cambiazos en las tiendas, semáforos y farolas fernandinas,
jardines, escuelas, la Universidad regional, firme voluntad de
crecer. Se transforma la primitiva configuración urbana, el ensanche
es múltiple, no hay ni rastro de nuestro origen peatonal, se
construyen instalaciones deportivas, se renuevan las barriadas, los
servicios públicos, el agua vendrá del Júcar, otra conquista, los
trenes del Marqués de Salamanca van a afrontar la alta velocidad por
una geografía vulnerada, y el otro parque automovilístico exige
nuevos aparcamientos subterráneos, las escavadoras están preparadas.
Albacete, esta urbe, con su Ayuntamiento
al frente, cuya peripecia histórica, anecdótica y sentimental, hemos
seguido en estas líneas, ha hecho méritos de sobra para convertirse
en una gran ciudad. Ese es su rango. Nadie ha luchado más en este
proyecto, desde que hicimos la primera vasija, el primer indicio de
laboriosidad que nos abrió, entre enormes dificultades, un camino de
expansión.
La reciente modificación de la Ley 7/1985,
de 2 de abril, Reguladora de las Bases del Régimen Local, a través
de la Ley 57/2003, de 16 de diciembre, de medidas para la
modernización del gobierno local, ha incorporado un régimen de
organización de los municipios de gran población, que potencia la
formación de órganos ejecutivos con gran capacidad de gestión y el
carácter deliberante y fiscalizador del Pleno.
De acuerdo con lo establecido en el
artículo 121 de la citada Ley 7/1985, el municipio de Albacete, por
su condición de capital de provincia, puede acogerse al régimen de
organización de los municipios de gran población, y, a este efecto,
el Pleno del Ayuntamiento, en sesión celebrada el día 30 de
diciembre de 2003 ha acordado solicitar el reconocimiento de la
aplicación de dicho régimen.
Cumpliéndose, por tanto, las condiciones
legales y considerando que concurren, además, circunstancias que
aconsejan la adopción de la medida, mediante esta Ley se dispone la
aplicación al municipio de Albacete del régimen de organización de
los municipios de gran población.
Artículo Primero
Será de aplicación al municipio de Albacete el
régimen de organización de los municipios de gran población recogido
en el Título X de la Ley 7/1985, de 2 de abril, Reguladora de las
Bases del Régimen Local, por entender que concurren las
circunstancias de carácter objetivo exigidas para ello.
Artículo Segundo
El Pleno municipal de Albacete determinará la
aplicación de la presente Ley a su régimen de organización.
Disposición Final Única
La presente Ley entrará en vigor el día
siguiente al de su publicación en el Diario Oficial de Castilla La
Mancha.
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