|
Día de la Constitución Española
Como presidente del Parlamento, mi
intervención en este aniversario de la Constitución que conmemoramos hoy es para
poner en valor la palabra y el diálogo como instrumentos para hacer política.
Dice Ana María Matute que “la
palabra es el arma de los humanos para aproximarse unos a otros”.
Efectivamente, gracias al lenguaje
es posible el entendimiento entre las personas. Un discurso es palabra… y
palabras, y una ley también es palabra… y palabras.
Y sea, por tanto, mi agradecimiento
para aquellos diputados y diputadas constituyentes que emplearon la palabra para
ponerse acuerdo en un modelo de convivencia en libertad reflejado en nuestra
Constitución.
La convivencia pacífica brota de ese
intercambio ordenado que es el diálogo, mediante el cual se habla y se escucha
con respeto al otro, y nos permite hacer renuncia de algunas de nuestras
posiciones para llegar al entendimiento.
Con la Constitución hemos sabido
generar una vida en concordia y hemos logrado resolver por vía de la palabra
problemas que hemos arrastrado a lo largo de nuestra historia.
En la Constitución no hay lugar a
palabras pesadas, ni gruesas, ni mayores, ni al aire. Los constituyentes
hicieron de las palabras avenencia, con ellas ajustaron las discordias en un
punto de encuentro: el de la concordia.
Por eso, como presidente del
Parlamento, que es la institución donde vive la palabra, postulo y reclamo que
ese sea el uso del lenguaje en política. Que lo que sirvió en ese momento
histórico siga vigente en el actual. No carguemos las palabras, no hagamos de
ellas armas de duelo, instrumentos arrojadizos ni munición contra el otro, sino
argumentos para la convivencia.
Y ese clima que siempre es
importante, es necesario e imperioso en un momento como el actual, en el que
parece que el mundo está liderado por los mercados.
Esta situación requiere palabras
francas y sentimientos nobles y leales, no con los gobiernos locales regionales
o nacionales, sea cual sea su signo político, sino en beneficio de los
ciudadanos, a los que todos nos debemos y cuyas preocupaciones asumimos todos.
Quiero en este día destacar dos
palabras contenidas en nuestra Constitución: Autonomía y Social. Y lo hago
porque, al hilo de la crisis económica he leído y he oído asimilar autonomía a
reino de taifas y a despilfarro. Y en la construcción de esos silogismos, la
conclusión a la que llegan sus emisores es siempre la misma: hay que recortar la
autonomía, hay que derribar algunas de las instituciones que dan sentido y
perfeccionan el Estado Autonómico. Y todo ello para beneficio de la economía, de
los mercados.
La Constitución no se hizo para los
mercados, sino para los ciudadanos. Y el Estado Autonómico ha permitido el mayor
crecimiento económico de la historia de España y ha permitido la toma de
decisiones desde la cercanía.
Es evidente que cualquier fórmula de
convivencia es susceptible de mejoras, de perfección. Podemos y debemos avanzar
en ese camino, corrigiendo los desfases que se produzcan, pero nunca planteando
unas alternativas que supongan un paso atrás en la democracia regional que nació
con el Estado de las Autonomías.
Sería una regresión que dotaría de
más poder a los que ejercen la gobernanza frente a los intereses y participación
ciudadanos y, peor aún, el inicio de un proceso de supresión de instituciones
inherentes al sistema democrático, cuyo final quedaría sin delimitar.
España, nuestra patria, es un reino,
organizado en regiones. Y esa organización ha sido positiva al conjunto en
general y a Castilla-La Mancha en particular.
No hay que olvidar que las
Comunidades Autónomas son las principales actoras en la prestación de servicios
sociales y educativos, dos sectores públicos y gratuitos que constituyen la base
del Estado Social que consagra nuestra Constitución.
Los españoles nos dimos un Estado
Social, con un catálogo de derechos irrenunciables, donde los ciudadanos éramos
considerados en toda nuestra dignidad.
Por eso no podemos dar un paso atrás
en esa dignidad porque lo demanden los mercados, que no podemos derribar un
sistema de derechos sociales que tanto trabajo ha costado levantar para dar
satisfacción a alguien que no tiene ni valores, ni ética, ni moral, ni entrañas,
porque para el mercado la unidad de medida es el dinero y el éxito aumentar el
beneficio, no entiende de sentimientos.
Concluyo. Siguiendo las enseñanzas
de Churchill he tratado de ser breve, porque como dijo el político inglés: “Las
palabras antiguas son las mejores, y las breves, las mejores de todas”.
Recuperemos pues el diálogo para
mejorar el sistema democrático, autonómico y social que nos dimos hace ahora 32
años y pongamos en cuarentena aquellas que esconden tras de sí deseos poco
claros de unos pocos que pueden zarandear el sistema que nos dimos todos.
Muchas gracias
|