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Día de la Constitución Española [03-12-2010]
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 Día de la Constitución Española

 

Como presidente del Parlamento, mi intervención en este aniversario de la Constitución que conmemoramos hoy es para poner en valor la palabra y el diálogo como instrumentos para hacer política.

Dice Ana María Matute que “la palabra es el arma de los humanos para aproximarse unos a otros”.

Efectivamente, gracias al lenguaje es posible el entendimiento entre las personas. Un discurso es palabra… y palabras, y una ley también es palabra… y palabras.

Y sea, por tanto, mi agradecimiento para aquellos diputados y diputadas constituyentes que emplearon la palabra para ponerse acuerdo en un modelo de convivencia en libertad reflejado en nuestra Constitución.

La convivencia pacífica brota de ese intercambio ordenado que es el diálogo, mediante el cual se habla y se escucha con respeto al otro, y nos permite hacer renuncia de algunas de nuestras posiciones para llegar al entendimiento.

Con la Constitución hemos sabido generar una vida en concordia y hemos logrado resolver por vía de la palabra problemas que hemos arrastrado a lo largo de nuestra historia.

En la Constitución no hay lugar a palabras pesadas, ni gruesas, ni mayores, ni al aire. Los constituyentes hicieron de las palabras avenencia, con ellas ajustaron las discordias en un punto de encuentro: el de la concordia.

Por eso, como presidente del Parlamento, que es la institución donde vive la palabra, postulo y reclamo que ese sea el uso del lenguaje en política. Que lo que sirvió en ese momento histórico siga vigente en el actual. No carguemos las palabras, no hagamos de ellas armas de duelo, instrumentos arrojadizos ni munición contra el otro, sino argumentos para la convivencia.

Y ese clima que siempre es importante, es necesario e imperioso en un momento como el actual, en el que parece que el mundo está liderado por los mercados.

Esta situación requiere palabras francas y sentimientos nobles y leales, no con los gobiernos locales regionales o nacionales, sea cual sea su signo político, sino en beneficio de los ciudadanos, a los que todos nos debemos y cuyas preocupaciones asumimos todos.

Quiero en este día destacar dos palabras contenidas en nuestra Constitución: Autonomía y Social. Y lo hago porque, al hilo de la crisis económica he leído y he oído asimilar autonomía a reino de taifas y a despilfarro. Y en la construcción de esos silogismos, la conclusión a la que llegan sus emisores es siempre la misma: hay que recortar la autonomía, hay que derribar algunas de las instituciones que dan sentido y perfeccionan el Estado Autonómico. Y todo ello para beneficio de la economía, de los mercados.

La Constitución no se hizo para los mercados, sino para los ciudadanos. Y el Estado Autonómico ha permitido el mayor crecimiento económico de la historia de España y ha permitido la toma de decisiones desde la cercanía.

Es evidente que cualquier fórmula de convivencia es susceptible de mejoras, de perfección. Podemos y debemos avanzar en ese camino, corrigiendo los desfases que se produzcan, pero nunca planteando unas alternativas que supongan un paso atrás en la democracia regional que nació con el Estado de las Autonomías.

Sería una regresión que dotaría de más poder a los que ejercen la gobernanza frente a los intereses y participación ciudadanos y, peor aún, el inicio de un proceso de supresión de instituciones inherentes al sistema democrático, cuyo final quedaría sin delimitar.

España, nuestra patria, es un reino, organizado en regiones. Y esa organización ha sido positiva al conjunto en general y a Castilla-La Mancha en particular.

No hay que olvidar que las Comunidades Autónomas son las principales actoras en la prestación de servicios sociales y educativos, dos sectores públicos y gratuitos que constituyen la base del Estado Social que consagra nuestra Constitución.

Los españoles nos dimos un Estado Social, con un catálogo de derechos irrenunciables, donde los ciudadanos éramos considerados en toda nuestra dignidad.

Por eso no podemos dar un paso atrás en esa dignidad porque lo demanden los mercados, que no podemos derribar un sistema de derechos sociales que tanto trabajo ha costado levantar para dar satisfacción a alguien que no tiene ni valores, ni ética, ni moral, ni entrañas, porque para el mercado la unidad de medida es el dinero y el éxito aumentar el beneficio, no entiende de sentimientos.

Concluyo. Siguiendo las enseñanzas de Churchill he tratado de ser breve, porque como dijo el político inglés: “Las palabras antiguas son las mejores, y las breves, las mejores de todas”.

Recuperemos pues el diálogo para mejorar el sistema democrático, autonómico y social que nos dimos hace ahora 32 años y pongamos en cuarentena aquellas que esconden tras de sí deseos poco claros de unos pocos que pueden zarandear el sistema que nos dimos todos.

Muchas gracias

 

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