
Querido presidente de
Castilla-La Mancha, querido presidente de las
Cortes, señoras y señores, amigas y amigos.
He preparado un
discurso escrito, pero al llegar a este lugar me
resulta imposible dejar a un lado las emociones, por
cierto, coincidentes y comentadas con el presidente
Barreda nada más entrar. Recuerdo y quiero compartir
con quienes entonces, Jesús Fuentes y tantos otros
nos acompañaban, cómo llegamos a esta iglesia de San
Pedro Mártir, la cual quien no ha había vivido en
Toledo no la localizaba en el Casco y acompañado de
José María Barreda, de Clementina y de mi esposa,
íbamos preguntando “¿dónde está San Pedro Mártir?,
decía mi mujer: "porque mi marido tiene que dar una
conferencia".
Empezaba la
autonomía con un nivel de conocimiento que no es
preciso glosar mucho más y con lo que acabo de
decirles doy rendida cuenta de la emoción y de los
sentimientos populares sobre lo que entonces y aquí
nacía. Aquí nos recibieron un grupo de muchachos,
ahí en el coro, con una pancarta que en una sábana
blanca decía: “Defended Cabañeros”. Recuerdo que
pregunté al presidente Barreda y a Mario Mansilla
“¿qué es Cabañeros?”. Luego nos hemos ido enterando
de lo que era Cabañeros, pero por si acaso tenía que
recibir una buena instrucción sobre quién mandaba. Y
el Delegado del Gobierno de entonces me dijo:
“¡Olvídate, eso está decidido!” Algún día, no digo
que pensé que había que haberle hecho caso al
Delegado del Gobierno, que no, porque han pasado
tantos años y lo que decían ser esencial para la
defensa y los ejércitos, puedo certificarles que no
era tan necesario; contra hechos no valen razones y
alguna experiencia he adquirido después en el
Ministerio de Defensa, pero Cabañeros, José María,
se salvó por aquella pancarta, que sin duda al
verla, me incomodó, no sabía ni lo que significaba.
No es que con esto anime a los protestantes ni a los
protestones sino que evoco así cómo hemos ido
aprendiendo en la cercanía de los ciudadanos y cómo
no hay encuesta que sustituya lo que los ciudadanos
te trasladan en la cercanía, en el respeto, en el
afecto que han sido las reglas generales con las que
en esta tierra hemos intentado hacer las cosas. Yo
asisto a este acto con una emoción que es fácil
entender sin que la explique mucho. Borges decía que
"el tiempo es la sustancia de la que estamos hechos"
y actos como el de hoy lo prueban.
Yo quisiera comenzar
dándole gracias a la vida, dándole gracias a Dios
por permitirnos a quienes hoy estamos aquí
vislumbrar y ver nuestra propia historia, la que
hemos hecho e inmediatamente recordar a quienes se
nos fueron. Las Cortes de Castilla-La Mancha forman
una parte de nuestra historia colectiva y de nuestra
historia personal, de manera muy significada, son
parte de lo que fuimos y de lo que somos y en un día
como hoy, rendir homenaje a quienes han sido
artífices durante cinco lustros del nacimiento y
desarrollo político de Castilla-La Mancha, es
hacerlo a los diputados, y a los trabajadores que
nos han acompañado. Por el impulso de esos aplausos
acierto a comprender algo que no es sino evidente:
nosotros, los diputados, hemos sido y somos
temporeros y son, permanentes los que han podido
recibir también con tanta justicia esa medalla por
cuya iniciativa felicito al señor presidente de las
Cortes.
Hoy ofrecemos
también un homenaje a los que -en su inmensa mayoría
estamos aquí-están felizmente con nosotros y
singularmente a los diecisiete ausentes. A ellos y a
sus familias quisiera, como ya se ha hecho, dedicar
y unirme al respetuoso recuerdo; nadie muere si sus
obras perviven en la memoria de los vivos y ellos,
nuestros compañeros, que han sido citados con sus
nombres y apellidos tendrán siempre el honor de
vivir en la savia que ha dado y seguirá dando vida a
nuestra Región. Recordarles ahora es hacer vivir
entre nosotros lo que significaron, es un acto de
justicia.
También es de
justicia señalar un signo inequívoco del cambio, el
papel de la mujer en la vida regional. Ya se ha
dicho que en aquellas primeras Cortes Consuelo
García Balaguer fue la primera y única diputada; hoy
son 24, probablemente no habrá una cifra que resuma
tan cabalmente el progreso como la que acabo de
citar. Ser testigo del pasado nos obliga, por encima
de todo, a ser veraces, a decir la verdad. Hace 25
años no sentíamos el ímpetu autonómico irrefrenable
que otros decían sentir en aquella época. Yo
recuerdo los trabajos de confección del Estatuto de
Autonomía en Ocaña, o en Villarrobledo, con Arturo
García Tizón, hoy aquí también presente, intentando
justificar lo que desde fuera no solamente se nos
negaba, sino se nos intentaba imponer, como se
decía, una Mancomunidad de Diputaciones y con eso
tienen bastante.
Así eran las cosas
entonces: la autonomía no venía a satisfacer ninguna
demanda porque nosotros no la habíamos formulado. En
abril de 1982 Gonzalo Payo encargó una encuesta, y
por ejemplo, de ella se deducía que el 23 por ciento
de los castellano-manchegos de entonces, no sabían
ni cuántas provincias componían la Comunidad
Autónoma naciente y a principios de 1983 fue Jesús
Fuentes quien preparó otra consulta y según ella el
15 por ciento de los castellano-manchegos eran los
únicos que sabían que existía un Gobierno
preautonómico para Castilla-La Mancha. Nos importaba
entonces el bienestar de nuestra gente, nos dolía,
¡cómo no! ser la única región de España que no tenía
Universidad o que hubiese en esta tierra 80.000
casas, 80.000 viviendas que no tenían cuarto de
baño, o 118 núcleos de población que no tenían luz
eléctrica.
Por ello, la
autonomía tenía que ser útil o no iba a valer para
nada, no podíamos buscar identidades sino elementos
de progreso y no nos quedaba más remedio que ser
eficaces. Nosotros no teníamos una historia distinta
a la de España, habíamos sufrido, sin embargo, los
efectos del centralismo más que algunas de las
regiones del litoral. Con la autonomía no
pretendíamos ser diferentes, ni sobrepasar a nadie,
simplemente aspirábamos, con esperanza, a ser
iguales porque no éramos iguales, ni en derechos, ni
en servicios ni en libertades.
La historia se había
portado muy mal con nuestra tierra: casi el 45 por
ciento de los castellano-manchegos no entendían lo
que leían, eran analfabetos funcionales. En otras
tierras de España, injusta e ilícitamente, no se les
dejó aprender el idioma propio materno, en nuestra
tierra no se les enseñó a leer ni a escribir ningún
idioma. No buscábamos identidades para
diferenciarnos de nuestros vecinos, supimos entonces
y sabemos ahora que lo que nos diferencia a los
seres humanos es muy poco, eso sí, nos empeñamos
todos los días en exagerar lo que nos diferencia y a
veces conseguimos buenos resultados, pero a estas
alturas del curso sabemos que no hay ningún país en
el planeta que sea racial ni culturalmente puro, ni
maldita falta que le hace al planeta ni a nosotros
países o regiones puras cultural o racialmente
hablando. Hasta hace 40 ó 50 años las identidades
colectivas se percibían como algo natural: quien
tuviera una identidad confusa o doble o mezclada era
poco de fiar ¡que se lo pregunten a los judíos en
Alemania! Porque para un verdadero alemán de los de
entonces había que desconfiar de quien, además de
alemán, era judío, ya que las identidades mezcladas
no gustaban a quienes entonces imponían criterios
totalitarios.
Hoy tendemos a creer
lo contrario y sabemos que las identidades no son
naturales sino que son adquiridas, incluso yo creo,
con perdón, que en gran medida hasta las sexuales,
las identidades no son eternas sino que son
cambiantes y además todos participamos de un gran
número de identidades colectivas, los españoles,
además de españoles pueden ser católicos o
agnósticos, ateos o protestantes, judíos o
profesores, militares o jóvenes, viejos u hombres o
mujeres, no somos todos exactamente iguales en la
identidad aunque sí aspiramos a serlo en derechos.
Me complace levantar
la vista y ver por todas partes ideas diferentes,
identidades mezcladas, ¡claro que sí! Y, sobre todo,
me agrada ver caras amigas, comprobar cómo el saludo
y el abrazo se prodigan y se van a prodigar por
doquier en cuanto que acabe el acto institucional;
ver cómo surge de modo natural la broma y el
recuerdo, la anécdota y la palabra amable y eso no
es casualidad, ni cortesía fingida, al menos en la
mayoría de los casos.
Hemos discrepado
mucho, veo al señor Molina; hemos discrepado mucho,
señor Conde; hemos discrepado mucho señor Síndico de
Cuentas; hemos discrepado mucho, señor Cañizares;
mucho incluso Mario Mansilla hemos discrepado mucho;
sí pero en la discrepancia he podido citar nombres y
personas; hemos discrepado mucho señor Serrano, don
Lucrecio, pero hemos sabido construir el afecto y la
amistad sincera, se me ocurren más nombres, los veo,
los identifico, no lo tomen a descortesía no puedo
citarles a todos pero yo no puedo olvidar cómo votó
Paco Ballesteros la primera vez que fue diputado en
estas Cortes y no puedo olvidar que en los momentos
más difíciles de mi Presidencia, nunca, en los más
difíciles, en el más difícil de todos, Anastasio, en
ese momento no me faltó el principal apoyo del
Partido Popular y simplemente lo evoco y lo
agradezco a todos ellos.
He tenido el honor
de presidir durante algunos años el Gobierno
Regional y la principal enseñanza adquirida es que
se aprende más en el diálogo, incluso en las
discrepancias que en el aplauso, aunque a todos nos
gusta más el aplauso que la crítica, pero como decía
André Gide hay que “creer a los que buscan la verdad
y hay que dudar de los que ya la han encontrado”.
Mi modesta pero
sentida contribución en este día, quizá sea poder
citar a los portavoces con los que discrepé, con los
que hoy mantengo una excelente relación de amistad
lo que ya es llamativo. Por eso quiero citar a Mauro
García Gaínza Mendizábal, a Cañizares como hacía, a
Felipe Caballero, a Luis Toledano, a Agustín Conde,
a Arturo García Tizón, a Rosa Romero y les cito en
su calidad, ¡claro! de adversarios políticos para a
continuación subrayar que probablemente eso sea lo
más noticioso porque citar de manera concreta y en
este punto a José María Barreda o a quienes han
formado parte de mis Gobiernos, sería redundancia,
pero aquí en esta tierra me ha sido posible ser
presidente, José María, sobre todo, gracias a ti. Tú
sabes mejor que nadie de los presentes que no sé
trabajar en el desafecto y por tanto, tu
inteligencia, tu capacidad y tu afecto son los que
han hecho posible vencer mis debilidades y mis
servidumbres. Y sabes también que probablemente sólo
hay una persona aquí que te conoce mejor que tu
mismo, y que soy yo. Si la oposición las hubiese
conocido en la medida que tú o que yo, probablemente
no estaría hablando de los años en que he sido
presidente, por eso y por encima de todos y de todo
y de todas, gracias presidente.
Comenzaba diciendo
que el tiempo de Castilla-La Mancha es nuestro
propio tiempo y que su historia es parte de la
nuestra. En mi caso pueden imaginar ustedes que no
me esfuerzo al decirlo; en junio de 1983 fui su
primer presidente, en abril de 2004 dejé de serlo
para incorporarme al Gobierno de España. Recuerdo
que en la toma de posesión del nuevo presidente de
Castilla-La Mancha dije, ante José María Barreda,
unas palabras que hoy, simplemente, evoco: he tenido
otras responsabilidades, ninguna podrá equipararse a
la fuerte emoción con la que he vivido, con la que
probablemente, la edad también me acompañó, la
fuerza, el cariño y el respeto por esta tierra por
muchos años que Dios me dé de vida no me va a dar
los suficientes para agradecerles a todos, de un
lado y de otro, el afecto que he podido percibir y
que aún percibo.
No me queda nada más
que desearles que celebren, que celebremos, este día
con afecto, con cariño, recordando sobre todo a los
que se fueron y haciéndolos vivir en nuestro corazón
más allá de las palabras que acertada, equivocada o
torpemente sepamos dirigirles a cada uno de ellos.
Hasta siempre y
muchas gracias.
(Aplausos).
José
Bono Martínez